viernes, 25 de mayo de 2012

Mallard, Priu. (Barcelona, ca.1900)

No sabía cuántos años tenía, nunca conoció a quienes la vida le dieron, siempre fue de hogar en hogar. Era callado y sólo hablaba cuando alguien lo obligaba a hacerlo. Se sentía utilizado y sabía que su cuerpo estaba hecho para el disfrute de los demás. En su vida, había conocido tanto el amor reconfortante como el frustrante odio… a veces incluso racista; pues había quien lo veía más negro que blanco, y es que su piel era una mezcla, ¡no podía hacer nada!
En estos momentos está esperando, en un rincón oscuro, olvidado; sabe que su voz ha cambiado. Ya no lo disfrutan, siente que deben arreglarlo o irá a parar a un hogar, donde alguien en el piano se está iniciando.

El lunes 28 de Mayo SÍ tenemos clase

Queridos/as Creativos/as,

Finalmente es posible impartir nuestra clase de Escritura Creativa el próximo lunes 28 de Mayo, a la hora de siempre, de 18h a 20h, en nuestro Aula de siempre, todo ello gracias a nuestra compi María Neto que nos ha facilitado la gestión de la llave.

Como la tarea era doble pensando en dos semanas sin vernos, no os apuréis y llevad lo que podáis, sin problemas.

Buen fin de semana!!Os adjunto un regalito y un abrazo,

jueves, 24 de mayo de 2012

Cuadros de Hopper: Hellen en su soledad

Cuadros de Hopper: Hellen en su soledad

Daniel A. Sánchez-Rodas Navarro
                               
Cuadros: Ventanas de noche -autómata- halcones en la noche- habitación de hotel- morning sun- temprano por la mañana Domingo. Suey Chop.


A sus 45 años, Hellen se da cuenta, cada día, que su vida ya ha pasado, al menos los mejores años de su vida. Hace tiempo que nota y siente que solo le queda un lento y seguro declinar; su belleza se marchita, su círculo de amistades se hace más pequeño cada año. Ella nunca se casó, sus padres ya murieron. Su única hermana vive en la otra punta del país y se ven ocasionalmente. Su trabajo de oficinista es el mismo que hace diez años, que veinte años…siempre igual.
Pero hoy es sábado por la noche, y a su edad todavía le queda algunos rituales que cumplir. Se pasea en ropa interior por su habitación, con cortina descorrida, sin ocultarse de la luz que la ilumina. El vecino de enfrente, como todos los sábados, la observa semioculto desde una ventana del edificio al otro lado de la calle. Ella hace como si ni lo viera, y se entretiene con parsimonia en encontrar la ropa para ponerse esta noche. Hace para él un striptease al revés, poniéndose las medias, comprobando que el sujetador le queda bien, colocándose el vestido, calzándose sus zapatos de tacón, arreglándose el cabello…No, no se puede  defraudar nunca a un admirador secreto, tan fiel y perseverante, que no falla  ni un solo sábado.
La noche pasa sin pena ni gloria, como suelen acabar todas las noches de estos sábados estériles. Como casi siempre, termina en el bar de la esquina, casi vacío a estas horas de la madrugada, último refugio de almas perdidas y solitarias como la suya. Saluda al barman, ese amigo de ratos ahogados en alcohol, y le pide su copa favorita. Él ya la tiene preparada nada más verla entrar. Hellen se sienta en una mesa, recordando que hubo un tiempo en que fue más feliz, cuando era joven, llena de ideas y proyectos, y había hombres, aquí y allá, pendientes de ella. Pero todo eso ya murió.
No permanece sola mucho tiempo. Una mujer como ella no permanece mucho tiempo sola en un sitio así. Hay dos hombres también en el bar. Uno de ellos es nuevo, pero al otro ya lo ha visto varias veces antes por allí. Algunas veces se han intercambiado miradas. Hoy, el hombre parece más decidido. Duda durante un rato, pero finalmente se acerca.
-¿Le puedo invitar a una copa?- pregunta con voz suave y segura.
Ella suspira, entre aliviada y hastiada. El juego siempre comienza así. Mira su copa vacía y asiente con la cabeza.
- Por supuesto- dice con su mejor sonrisa- siéntese, por favor.
La noche para los dos sigue en vuelta en alcohol y conversación superficial. Una, dos, tres copas más. Algunas risas, algunas miradas cómplices.
- ¿Nos vamos a un sitio más tranquilo?- el hombre por fín llega al fondo del asunto.
 Ella lo mira, entre esperanzada y resignada, pero no pierde su sonrisa.
- Claro, vámonos.
La noche es como tantas noches de sábado por la noche. En la habitación del hotel se desatan el anhelo y el deseo, pero no el amor. Las horas de pasión son largas, pero todo tiene siempre un final. Mientras él se ducha, ella comienza a vestirse otra vez. Se fija en su alrededor. Hay varias maletas en la habitación, incluso un libro. El hombre deber ser un viajante, seguramente vendrá a la ciudad de vez en cuando, por eso lo ve en el bar de tarde en tarde.Quizás nunca más se vuelvan a ver. Ya se lo han dicho todo con sus cuerpos, realmente no hay nada más que decirse con palabras. Hellen se va sin despedirse, mientras él está todavía en la ducha. Con los años se aprende a evitar situaciones embarazosas.
Vuelve a su casa y duerme pocas horas antes de amanecer. La ventana sigue sin cortina. El sol, tan temprano, la despierta sin remisión. Ella se incorpora en la cama. La cabeza le aturde un poco de tanto alcohol. Su cuerpo, si embargo, está sosegado después de una noche de deseo satisfecho, pero el alma sigue tan vacía y solitaria como siempre.
Se asoma un momento por la ventana. El silencio es completo en la calle, las personas honradas descansan con sus familias. El sol naranja que se asoma tímido por el horizonte apenas calienta. Todavía hace frío. La ciudad parece muerta.
Se asoma más. ¿Y si se resbalara, y si se cayera desde la tercera planta de su casa? Se  acabarían esos días grises de lunes a viernes en el trabajo. Se acabarían esos sábados de vestirse para su fiel admirador y desvestirse en un hotel, cada vez para un nuevo desconocido. Se acabarían esos domingos por la mañana que saben a cementerio.
Cierra los ojos, y se aleja de la ventana. No, hoy quizás no. Hoy viene su hermana a visitarla, y almorzarían juntas. Su hermana, su doppelgänger, que si se había casado, que tenía hijos, que disfrutaba de su vida, que era todo lo feliz que ella nunca fue. 
Suspira. La ventana siempre estará allí, esperándola. Quizás otro día.
Además, a pesar de todo, queda la esperanza, cada vez más débil y lejana, de que uno de esos sábados por la noche, en una habitación de hotel, además del deseo, encuentre el amor.

González Fournier, Ana. (Tetuán 1976, Barcelona 2012)

Ana nació en el seno de una familia acomodada de la ciudad de Tetuán. De su madre, una ama de casa francesa, heredó los ojos, grandes y castaños, y un leve bizqueo que se acentuaba cuando bebía demasiado. De su padre, arquitecto, la piel blanca y las ganas de conocer el mundo.
Con dieciocho años dejó atrás su ciudad natal, las mañanas en el Colegio Español y los juegos en la Sociedad nacional, para trasladarse a Madrid para estudiar derecho. La ciudad se le hizo enorme y agresiva los primeros meses. Echaba de menos incluso las cosas que no le gustaban de áfrica. Su primer invierno lo pasó recordando el calor sofocante que antes tanto odiaba. Las voces de los Muadhdhin en la noche eran nanas de su madre comparadas con el sonido de sirenas y motores de Madrid. Poco a poco se fue haciendo con la ciudad, y se puede decir que acabó conquistándola.
En Madrid supo lo que era gustar a otra persona cuando uno de los numerosos hombres que pasaron por su vida le acarició su cicatriz. La que llevaba en la mejilla y le escondía el hoyuelo alargado, simétrico al que aún perduraba al otro lado, y que aparecía con cualquier leve sonrisa. Y en Madrid supo lo que es perder el miedo. Lo fácil que es atravesar fronteras. Se dio cuenta que solo ella misma se las ponía, y que ella podía volver a retirarlas.
"¡Dispárale!" Oyó a menudo en su interior aquella voz que le hablaba con firmeza. Su mano enfundada en un guante de cuero negro sujetaba una pistola que le resultaba pesadísima. Nunca habría imaginado que ese tipo de armas pesase tanto. "¡Dispárale!". Fueron dos tiros. Así acabó con la vida de aquél hombre, y comenzó la suya nueva. Paseaba por la calle Huertas cuando un brazo salió de un portal y la introdujo con violencia en su interior. No sabía lo que le ocurría. Arrancaron con violencia la ropa que llevaba. Trató de incorporarse asiéndose a la barandilla metálica y oxidada de la escalera que subía a los estrechos pisos de arriba. No pudo evitarlo. Aquél desconocido la estaba humillando, violándola. Justo entonces, cuando ya era tarde para evitarlo, entró en el portal Venancio. Con frialdad inmovilizó al agresor y se preocupó por Ana. Ella vio que había sacado un arma del interior de su chaqueta. Se la estaba ofreciendo. La cogió, escuchó, "¡Dispárale!" y disparó. Dos veces. Y huyó con él.
No era difícil matar a un hombre. Después vino una mujer, por dinero. Después jóvenes, secuestros, trabajos para terroristas, incluso alguno que otro para gobiernos democráticos, a través de terceros. Era extremadamente violenta, muy profesional. Así la vendía Venancio a sus clientes. Conoció mundo, y lo destrozó.
Con treinta y seis años recibió un encargo por la vía habitual. "María Nuix, Avenida Meridiana 23, Barcelona. Escarmiento. Que siga viva. No dañar mano derecha." Acababa de cumplir con su trabajo; ella sola, en aquel piso y con aquella chica totalmente destrozada, cuando de repente apareció Venancio. Se abalanzó sobre Ana, que desconcertada no trató de defenderse. Su compañero puso un arma en las manos de María. Y entonces ella le preguntó. "No entraste por casualidad en aquel portal, ¿verdad Venancio?" Él no respondió, solo miró a María y le gritó "¡dispárale!". Ana, de rodillas, recordó Tetuán, y sonrió. Se había hecho mayor para esto, había llegado la hora de su jubilación.

miércoles, 23 de mayo de 2012

Voyeur (hiperbreve basado en "Ventanas de noche" de Hopper)

La ciudad me incita con sus brillantes ojos, yo la observo fijamente y me introduzco en sus pensamientos.

La conversación (Relato basado en tres de los cuadros de Hopper)

-Me da una envidia verlos tan felices. Eso es felicidad.
Un grupo de niños pasaba ante ellos dirección al barrio. Llevaban allí sentados cerca de una hora esperando a sus esposas, tomando el sol antes de ir al teatro y no habían hecho otra cosa que hablar de lo mismo. Al decir aquello se le dibujó una mueca parecida a una sonrisa en la cara.
-No te equivoques, Fernando. No son felices en absoluto. Vienen sucios y sudados. Cansados. No están tristes, pero tampoco son felices. Fíjate en sus caras. ¿De verdad crees que expresan felicidad? Sí, es cierto. Ríen, sonríen, saltan, se mueven de un lado para otro. Son como un pequeño remolino. Pero la verdadera felicidad no se expresa con risas. ¿Ves ese balón de fútbol que llevan pateándose de uno a otro? Intuyo que hace una hora u hora y media estaban inquietos, nerviosos. Las pupilas dilatadas, un enemigo a batir, la respiración acelerada. Ni una sola muestra exterior de felicidad. O de lo que nos han vendido que es la felicidad, pero felices de verdad. ¿Entiendes? Ahora se les ha acabado el juego. Ahora  se marchan a sus casas. Casi ha caído la noche y su tiempo ha pasado. ¿De veras crees que son felices? Ya no les queda nada de aquello. Ni siquiera pueden recordarlo tal y como fue. Incluso antes de comenzar el juego, realizando el camino a la inversa eran felices. Cuando la inmediatez del enfrentamiento los agitaba. Cuando hablaban apresuradamente, unos sobre otros, planteando una estrategia, urdiendo un plan, imaginando la victoria y con el firme objetivo de no salir derrotados. Con miedo a la derrota. El miedo también puede ser felicidad. Ahora no tienen nada de eso, solo una sonrisa. Van bajando por la ladera de la colina, como Sísifo, para volver a empezar. Y así será siempre para ellos, y para ti.
Fernando se había quedado absorto, mirando aún el papel con el programa de la obra que iban a ver, con sus codos apoyados en los reposabrazos y las rodillas separadas. Antonio, sentado en la hamaca de delante, estaba echado y miraba de reojo cómo se alejaban los chicos hacia el pueblo.

-Y para ti también, ¿no?
-Sí, pero a mí me da igual. Sé que es así. O al menos estoy convencido de lo que te estoy diciendo. Es como lo que vi anoche en esa cafetería, Phillies creo que se llama. Su dueño, cuando abre después del almuerzo, sabe exactamente qué clientes serán los que aparezcan por allí: El joven que sale de su oficina y quiere tomar una cerveza antes de volver a casa, el repartidor que viene puntual cada jueves a dejarle la leche en polvo y el café, el hombre circunspecto de traje oscuro, un expreso. El dueño de la barbería de enfrente, uno largo acompañado de tabaco de liar. O yo mismo, el último en llegar desde que estamos por aquí. Sin embargo anoche, entre otros no habituales, tuvo dos clientes que se salían de lo común, que llamaron mi atención. Iba a largarme ya, pero me quedé por ver a la extraña pareja. Oímos el tintineo de la puerta y aparecieron ellos. En realidad sólo me fijé en ella. Era una de esas mujeres que no llamarían la atención del gran público si entran en un lugar repleto de gente. De las que uno contempla y se pregunta por qué no todo el mundo está tan absorto como él en ella, y de repente te hace sentir como el único espectador de un milagro del que nadie es consciente que está ocurriendo.
-Al grano- Fernando se impacientó.
-Pues bien. Como te decía, no iba sola. La acompañaba un tipo normal, de mi estatura, con la cara angulosa y con una delgadez sana. No hablaron, pero no era una pose, era natural. Él pidió para los dos en voz tan baja que no alcancé a oírlo. Sacó un paquete de cigarrillos Black Fat del interior de su chaqueta, cogió dos, los encendió a la vez y le entregó uno a la chica que se lo llevó a los labios mirándole a los ojos. Pues aunque no lo creas, se acababan de conocer, en alguna fiesta, hace un par de horas seguramente. Estaban tensos, habían llegado a aquella situación en la que ambos sabían que acabarían juntos, desnudos, desconocidos, haciéndose el amor lentamente primero y con brutalidad después. ¡Y sin embargo se demoraban antes de lo que cualquiera de nosotros pensaría que deberían hacer sin dilación! ¿Verdad?
-¿Cómo sabes que se acababan de conocer? Ese no es el modo en que un hombre le da un cigarrillo a una mujer a la que acaba de conocer.
-Si lo es. Forma parte de ese instante de felicidad. Una felicidad tan enorme que ambos la dilataban a sabiendas. Podrían haber comenzado a besarse hace tiempo en el portal del hotel donde ella se hospedaba, correr hacia la habitación. Imagino. Pero prefirieron parar a tomar un café en aquella tranquila cafetería para disfrutar de ese momento. Él sabía que no se le iba a escapar, fuese como fuese de rápido, o de lento. Y ella sabía que él pensaba así. Se tocaban las manos furtivamente, cuando ni a mí ni al dueño tenían que dar explicaciones de nada. Se rozaban los dedos como si no hubiese sido su intención. Pero mantenían ese levísimo roce, a sabiendas de que el otro también lo notaba y no se retiraba. ¿Crees que el sexo, hacer el amor, follar, tocar el cuerpo desnudo entregado de una mujer como aquella es felicidad? No, la felicidad es el camino que te lleva a ese momento. Es el momento en el que la frontera entre ella misma y el placer corporal se difumina entre los dos cuerpos desnudos, confundiéndose y formando una mezcla deliciosa. Mientras no seas consciente de esto lo único que haces es viajar en el tiempo hacia la muerte, como el que va en un coche sin cristales, sin ver el paisaje. Sin rozar las manos, sin encender dos cigarrillos, sin jugar al fútbol, sin esperar.
-Y ¿Dónde está mi chica desconocida de la cafetería, o mi partido de fútbol de los muchachos?- Fernando se echó hacia delante. Ahora hablaba al oído de Antonio, que se sonrió, se encogió de hombros y torció la boca haciendo una u invertida.
-Para ti no lo sé, amigo. Para mi está aquí. Ahora. Contigo.

Un insecto....¿monstruoso?

Un insecto…¿monstruoso?

Daniel A. Sánchez-Rodas Navarro

La cabeza me había dado vueltas toda la noche, llena de sueños bizarros. Habían sido horas sin fin, como en las noches de fiebre, donde se repetían una y otra vez imágenes terribles de insectos diseccionados, seres humanos en fundados en batas blancas con avisas intenciones, en salas que parecían sacadas de una novela de Frankenstein, llenas de aparatos siniestros.
            Sudando, por fin me desperté, con el pulso acelerado y la angustia metida en el cuerpo. Pero bueno, por fin había llegado un nuevo día, y pronto toda esa pesadilla sería un mal recuerdo, nada más.
            Me incorporé somnoliento de la cama, y al momento, sin poder coordinar mis miembros, me caí al suelo boca arriba, sorprendido. Abrí bien los ojos, y la sensación de incredulidad aumentó. Allí en el techo creía ver una lámpara. No distinguía una imagen clara. Cada uno de mis ojos me devolvía la misma  imagen  pero multiplicada por mil, como si en vez de dos ojos, fueran prismas de cristal con mil facetas. Aquellas mil lámparas me mareaban un poco. Quise parpadear….pero me di cuenta que no tenía párpados. El corazón se me aceleró más. Sí, todavía tenía que estar soñando.
            Mi mirada se dirigió hacia  mi cuerpo, y más confuso aún, allí donde debían estar mis brazos y manos, había dos palos articulados, largos y finos, cubiertos por un finísimo vello. ¿Qué serían aquellas cosas?  Instintivamente, me quise rascar la frente con una mano, y uno de esos palos se dirigió a mi cabeza. Un escalofrío me recorrió todo el cuerpo, intuyendo algo desagradable. Hice el gesto de aplaudir con las dos manos, y aquellas dos patitas negras y peludas hicieron el más cómico y siniestro aplauso que había visto en mi vida.
            El pánico empezó a desbordarme. Quise ponerme de pie, pero aterrorizado, noté y luego ví, que no tenía dos piernas, sino cuatro palitos más que se agitaban en el aire…..No, no, no, ¿que era todo esto? El miedo  me dio bastantes fuerzas para darme la vuelta y me quedé apoyado sobre el suelo sobre mis seis patas. Bueno, al menos aquello era una posición cómoda y natural, y podía notar que también tenía algo en la espalda, como dos láminas largas y ligeras. Me mareé al notar que podía moverlas a voluntad. Sí, como me temía, eran dos alas. Me miré el cuerpo, dispuesto a aceptar lo inevitable; todo mi cuerpo estaba cubierto por bandas concéntricas amarillas y negras.
            La confusión era enorme, así que intenté tranquilizarme y mirar alrededor. Me costaba trabajo acostumbrarme a mirar con aquellos ojos, pero pude darme cuenta que estaba en una urna de cristal enorme,  del tamaño de un gran salón, y  de varios metros de altura.  Mi prisión de cristal estaba a su vez dentro de una gran nave metálica, llena de todo tipo de artilugios. Sí, aquello era un laboratorio. Una luz se hizo en mi mente….¡yo trabajaba allí!
Pude ver, por fín, que había una persona con su bata blanca y que se dirigía con prisa hacía la pared de mi prisión de cristal, ahora que me había despertado. Quise llorar de alivio y de pena, porque reconocí al Dr. Silton,  compañero y amigo, el jefe de mi Departamento de Biología Molecular. Pero no, me era físicamente llorar. Quise gritar, pero ví que tampoco era posible.
 El rostro de mi jefe era una mezcla de satisfacción y de horror.
- Daniel, tranquilízate, todo va bien, no te preocupes, todo va bien- su voz indicaba fascinación hacía mí, que no sabía como interpretar- Ya se que no puedes hablar, pero seguro que me puedes entender. Para comunicarnos, para decir sí, mueve la antena derecha de tu cabeza, y la antena izquierda para decir no. ¿De acuerdo?
Le miré confuso. ¿Antenas? Pues era verdad. Tenía dos y las podía mover libremente. Así que moví la antena derecha.
El Dr. Stilton aplaudió y casi dio un bote de alegría.
- Bien, bien….Veo que tu personalidad no se ha perdido; esas son buenas noticias. Pero como estás confuso, te lo recordaré todo. Te presentaste voluntario al experimento de mezcla genética. Todos los experimentos anteriores con mamíferos habían sido un éxito, pero nos faltaba probarlo con humanos, aquí en las instalaciones secretas del gobierno. Mezclamos tu ADN con el de un insecto, concretamente con una abeja...y el resultado eres tú- Su voz destilaba una profunda satisfacción, por que ya se veía recibiendo un premio Nobel, todavía no tenía claro si de Biología, o de Medicina…quizás los dos.- Sí, un éxito completo.
Yo escuchaba detenidamente sus palabras, y  lo recordé todo de golpe; todo lo que decía era verdad.  ¿Pero que iba a ser ahora de mí?
El Dr. Stilton me miró todavía sonriente, pero su cara se fue poniendo seria por momentos.
- Daniel, sabes que elegimos una abeja macho, un zángano, para hacer la mezcla de material genético contigo, con el fin de que al ser los dos del mismo sexo, el experimento saliese bien. Pero eso tiene un inconveniente….- se detuvo un momento, sopesando sus palabras-…y es que los zánganos solo viven unas cuantas semanas, realmente tienen una vida muy corta. Me temo que en tu condición actual, que es irreversible, no vivirás más de un mes.
Presa de la desesperación, agité mis alas al máximo, y me elevé como un cohete hacia arriba, sin ningún tipo de control. El porrazo que me dí contra el techo de cristal me  aturdió, y al momento caí como una piedra contra el suelo, rebotando suavemente.
El Dr. Stilton me miró preocupado- ¿Daniel, estás bien?
Yo me puse otra vez de pie sobre mis seis patas, y con trabajo moví mi antena derecha, despacio.
El Dr. Stilton suspiró aliviado, pero siguió hablando conmigo, sobre asuntos que no se podían posponer.
- Daniel, mañana empezaremos a hacer experimentos contigo, a estudiar tu anatomía, tu fisiología, tomaremos muestras de tejidos y de sangre…
 Me alejé de la pared hacia la cama, aterrado, mientras movía mi antena izquierda una  y otra vez de manera frenética; no, no, y no.
- Sí, Daniel, tienes que ser así, como científico, sabes que tenemos que hacerlo, pero procuraremos hacerte el menor daño posible y que tu vida sea lo mas agradable que podamos conseguir.
Solté algo parecido a un suspiro por la trompa por donde me tendría que alimentar de néctar. Sí, no me quedaba otra opción.
El Dr. Stilton me hizo señas con la mano, para que me acercara al cristal. Me sonrió de una manera muy especial que yo ya conocía. En mi anterior vida, los dos estábamos solteros, y éramos grandes amigos. Nos encantaba salir juntos los fines de semana de parranda, a beber cerveza  y, porque no decirlo, a ligar con cierto éxito en los bares de copas. Aquella sonrisa que yo veía ahora, era la misma que lucía cuando había visto a alguna mujer interesante.
- Verás Daniel- me dijo en un susurro sin dejar de sonreír.- He pensado que había que compensarte de alguna manera por todo este sacrificio que haces por la ciencia. Por supuesto que no estoy pensando en dinero, ni honores ni nada parecido. ¿Qué te parece que si en el néctar que te vamos a dar de beber, te pongo de vez en cuando una cerveza bien fría de tu marca favorita?
Era un pobre consuelo, pero dije que sí con mi antena derecha.
- Además, había pensado en otra cosa, como un regalo...- mi jefe se hizo el misterioso y dejó la frase incompleta. Aquello me interesó.
- Verás, Daniel, además de hacer el experimento con un hombre, también lo hemos hecho con una mujer.
Mis ojos de mil facetas se pusieron grandes como mil platos. La sonrisa cómplice de mi jefe se hizo más grande.
- Pensando en ti, Daniel, no he buscado a una mujer cualquiera. No, ni mucho menos. No me preguntes como, pero he conseguido el ADN de Angelina Jolie, tu actriz favorita. He hecho una réplica perfecta de ella, y luego, al igual que tú, he mezclado su ADN con el de una abeja…una abeja reina.
El extraño corazón que latía dentro de mí, lo hacía a todo ritmo.          
- Ya sabes lo que se dice de las abejas reinas, su principal función en la vida es aparearse- su sonrisa divertida y lujuriosa le llenaba toda la cara-, al igual que un zángano como tú.
Escuché un ruido a mi espalda y me di la vuelta. Por una trampilla que no había visto hasta ese momento entraba un insecto enorme.
La miré embelesado y mi deseo de abeja se inflamó al instante.  No pude dejar de respirar simplemente porque no tenía pulmones.
Su figura era alta y delgada, con un cuerpo desnudo decorado con las bandas  amarillas y negras más bellas que yo había visto en mi vida de abeja. Su patas largas, negras, brillantes y depiladas (a diferencia de las mías), la hacían caminar con un movimiento hipnotizante y sugerente. Sus ojos de mil caras prometían mundos de placer inagotables, y mi trompa se moría por tocar su trompa sensual y carnosa. Se acercó hasta mí, que estaba inmóvil como una estatua, extasiado con tanta perfección. Ella, satisfecha por el efecto que había provocado en mí, me tocó con una de sus antenas. Un escalofrío de placer me recorrió todo el cuerpo. Todo mi miedo y angustia desaparecieron como por arte de magia.
El Dr Silton se despidió mientras se alejaba de nosotros. - Espero que lo paséis bien. Nos vemos mañana por la mañana.
Nos quedamos solos. Mi reina Angelina y yo nos miramos sin necesidad de decirnos nada.
 ¿Sólo un mes de vida?- pensé sin poder apartar mi mirada de ella- ¡pero que mes, mejor que toda una vida humana!
En el fondo, que poco necesita un hombre para ser feliz, incluso con forma de insecto.