Aviso a mi marido de que me pondré a realizar la escritura de cada semana, mientras camino recogiendo todo aquello que necesito. Me hace saber que se da por enterado con su indiferente "¡Vale!" que oculta el apoyo que me da en cada empresa que inicio. Él sabe que tengo tiempo para cada cosa y que, cada cosa, requiere su tiempo.
Esta semana, acompañada de dolor de garganta, oidos y cabeza, síntomas de una faringitis, trabajar es lo último que me apetece.
Voy al salón, compruebo que la mitad de la mesa principal está libre y me siento presidiéndola, aislada en mi burbuja. Tomo el material que especialmente elegí para el taller: un bolígrafo con la parte superior similar al tapón de La casera y un cuaderno azul con lunares blancos y margaritas donde haré el borrador del ejercicio, tirando de las notas que, mentalmente, he tomado los días pasados y que, difícilmente, pongo en pie, así como folios y una pequeña pluma verde de anillos dorados que, cada semana, llena mis dedos con su pegajosa sangre azul. Ésta, en una escritura con personalidad propia, transcribirá la historia sentenciándola con una firma y una fecha.
6/5/2012
Curso de Escritura Creativa. Coordinado e impartido por la escritora Teresa Suárez.
jueves, 7 de junio de 2012
¡Ay, Dios!
- ¡No me veo! ¡No me veo! -grito sin parar de moverme.
No sé dónde estoy, bruma, espejos, muchos espejos, naturaleza, huele a quemado, no oigo pájaros, me giro hacia los espejos, pero no me veo, ¡no me veo!
¡¡RIIIING!!
De un salto me siento en la cama. "Era sólo un sueño", pienso sonriendo, pero qué dolor de cabeza. Me llevo la mano a la sien. ¡Ay, me he dado en un ojo! Me llevo la mano a la otra. La historia se repite, ¿cómo se puede ser tan torpe? Me llevo la mano al pecho casi por inercia. La retiro como un resorte: soy peluda. El corazón empieza a latirme con fuerza. Me levanto con los ojos semicerrados, un poco doloridos por haberme metido en ellos los dedos. No encuentro las zapatillas. Da igual. Rodeando la cama, guiándome por el tacto de su borde, me pongo frente al espejo e intento abrir los ojos. Ay, los ojos... ¡pero si tengo más ojos que cara! No doy crédito a lo que veo. Los cierro y los abro. Una y otra vez. Debo estar soñando de nuevo, pero no, no hay sueño alguno. Es una cruel y aterradora realidad. Soy un insecto, o varios a la vez. Lo único que no ha cambiado es mi estatura. Tengo la cabeza de una mantis religiosa, cuerpo de tarántula, patas de saltamontes y alas de polilla. Alas que he podido ver, porque mi cabeza ha girado 180 grados. ¡Ay, Dios!
De pronto, me asalta una terrible duda: La mantis se come a su pareja y mi marido está al llegar... ¡Ay, Dios! Y vendrá cansado de su turno de noche. Dicen que los insectos, si fueran personas serían super hombres, por la fuerza que tienen... ¡Ay, Dios!
De repente, escucho la puerta de la calle. Ha llegado. ¿Qué hago? ¿Me escondo? ¿Huyo por la ventana? Pero, ¿dónde voy a ir?
La puerta del dormitorio se abre. Pat se queda parado. Parece que va a hablar, pero vuelve a cerrar la boca. Sus ojos están muy abiertos. Su cara palidece. Da un paso atrás.
- ¡Soy yo! Cariño, soy yo -acierto a decir sin querer moverme mucho para no asustarlo- No sé qué ha pasado. He amanecido así. Y mira -digo girándome- tengo alas de polilla, ni siquiera de u na mariposa bonita...
- Lo sabía -dice mi marido con una sonrisa de medio lado, mientras se apoya en el quicio de la puerta y cruza los pies.
- ¿El qué? -pregunto sorprendida.
- Que, en el fondo, eres un bicho.
29/4/2012
No sé dónde estoy, bruma, espejos, muchos espejos, naturaleza, huele a quemado, no oigo pájaros, me giro hacia los espejos, pero no me veo, ¡no me veo!
¡¡RIIIING!!
De un salto me siento en la cama. "Era sólo un sueño", pienso sonriendo, pero qué dolor de cabeza. Me llevo la mano a la sien. ¡Ay, me he dado en un ojo! Me llevo la mano a la otra. La historia se repite, ¿cómo se puede ser tan torpe? Me llevo la mano al pecho casi por inercia. La retiro como un resorte: soy peluda. El corazón empieza a latirme con fuerza. Me levanto con los ojos semicerrados, un poco doloridos por haberme metido en ellos los dedos. No encuentro las zapatillas. Da igual. Rodeando la cama, guiándome por el tacto de su borde, me pongo frente al espejo e intento abrir los ojos. Ay, los ojos... ¡pero si tengo más ojos que cara! No doy crédito a lo que veo. Los cierro y los abro. Una y otra vez. Debo estar soñando de nuevo, pero no, no hay sueño alguno. Es una cruel y aterradora realidad. Soy un insecto, o varios a la vez. Lo único que no ha cambiado es mi estatura. Tengo la cabeza de una mantis religiosa, cuerpo de tarántula, patas de saltamontes y alas de polilla. Alas que he podido ver, porque mi cabeza ha girado 180 grados. ¡Ay, Dios!
De pronto, me asalta una terrible duda: La mantis se come a su pareja y mi marido está al llegar... ¡Ay, Dios! Y vendrá cansado de su turno de noche. Dicen que los insectos, si fueran personas serían super hombres, por la fuerza que tienen... ¡Ay, Dios!
De repente, escucho la puerta de la calle. Ha llegado. ¿Qué hago? ¿Me escondo? ¿Huyo por la ventana? Pero, ¿dónde voy a ir?
La puerta del dormitorio se abre. Pat se queda parado. Parece que va a hablar, pero vuelve a cerrar la boca. Sus ojos están muy abiertos. Su cara palidece. Da un paso atrás.
- ¡Soy yo! Cariño, soy yo -acierto a decir sin querer moverme mucho para no asustarlo- No sé qué ha pasado. He amanecido así. Y mira -digo girándome- tengo alas de polilla, ni siquiera de u na mariposa bonita...
- Lo sabía -dice mi marido con una sonrisa de medio lado, mientras se apoya en el quicio de la puerta y cruza los pies.
- ¿El qué? -pregunto sorprendida.
- Que, en el fondo, eres un bicho.
29/4/2012
EL VIENTO
En la soledad del aula escribía sobre la pizarra, preparando el comienzo de la clase. Los niños entrarían de un momento a otro y quería tenerlo todo listo para entonces.
En uno de los trazos vi caer el yeso de la tiza al suelo, llevándome al recuerdo de aquella tarde en la que preparaba la tarta de queso que me servía de evasión ante el recuerdo de haber visto a Ernesto con otra.
Mis lágrimas caían sobre la harina sin poder apartar la imagen de mi mente, cuando el teléfono sonó. No atinaba a enjuagarme las manos, secarlas. La llamada se me hacía insistente. Corrí molesta a cogerlo aún con el trapo entre mis manos. Lo tiré a un lado y descolgué.
- ¡Dígame! -casi grité.
- Soy Ernesto. Perdóname, no fue nada. Sólo te quiero a ti.
Me quedé paralizada al escuchar su voz. ¿Es que no sabía que no había vuelta atrás?
De pronto, la puerta del aula se abrió de un portazo, los niños entraron gritando y, con ellos, el viento que apartó de mi mente aquellos malos recuerdos de igual manera que arrastró el polvo de tiza hacia algún lugar.
9/4/2012
En uno de los trazos vi caer el yeso de la tiza al suelo, llevándome al recuerdo de aquella tarde en la que preparaba la tarta de queso que me servía de evasión ante el recuerdo de haber visto a Ernesto con otra.
Mis lágrimas caían sobre la harina sin poder apartar la imagen de mi mente, cuando el teléfono sonó. No atinaba a enjuagarme las manos, secarlas. La llamada se me hacía insistente. Corrí molesta a cogerlo aún con el trapo entre mis manos. Lo tiré a un lado y descolgué.
- ¡Dígame! -casi grité.
- Soy Ernesto. Perdóname, no fue nada. Sólo te quiero a ti.
Me quedé paralizada al escuchar su voz. ¿Es que no sabía que no había vuelta atrás?
De pronto, la puerta del aula se abrió de un portazo, los niños entraron gritando y, con ellos, el viento que apartó de mi mente aquellos malos recuerdos de igual manera que arrastró el polvo de tiza hacia algún lugar.
9/4/2012
miércoles, 6 de junio de 2012
HOUSTON, HOUSTON, TENEMOS UN POEMA...
Estimado alumnado,
El próximo lunes tendremos nuestra última sesión del Curso, podremos depedirnos entre letras - llevamos como tarea nuestra reflexión sobre esta experiencia - y si después os apetece también podemos clausurar tomándonos algo. Se me olvidó comentarlo el pasado lunes y se apresuraron a recordármelo!.
Yo también os quiero animar a subir los trabajos que tengáis por ahí aún : los personajes imaginarios bien etiquetados, etc...
Por otra parte, quería dejaros un par de canciones de aquella célebre actuación de Paco Ibañez en el Teatro Olympia, en París, en 1969. Son los poemas "La Poesía es un arma cargada de futuro" de Gabriel Celaya y "Palabras para Julia" de José Agustín Goytisolo. Ambos poemas estaban entre los que repartí en clase en la última sesión y ya que algunos no los conociáis creo que es una buena idea escucharlos en la voz de Paco Ibáñez. A disfrutar!
Teresa.
martes, 5 de junio de 2012
Haikus
Haikus
Daniel A. Sánchez-Rodas Navarro
Nada perturba
la Tierra y el Cielo,
florece el Tiempo.
Brilla la luna
Sobre el río de plata,
todo es silencio.
El árbol quieto
de repente se agita,
¿dónde fue el viento?
La tarde se fue,
las flores ya descansan.
Paz y silencio.
¿Eres tu Buda?
El maestro se ríe,
las flores también.
¿Cómo es la rosa?
Roja-medita el monje-,
pero no lo sé.
Son nubes blancas,
en mi vida y el cielo.
Nada más quiero.
El mundo cabe
en la mano vacía,
ya lo comprendo.
El sol me llama,
por los campos avanzo,
¿qué es el camino?lunes, 4 de junio de 2012
sábado, 2 de junio de 2012
Cuento: El aprendiz de mago
El aprendiz de mago.
Daniel A. Sánchez-Rodas Navarro
Hace mucho tiempo, cuando el mundo era todavía joven, antes de inventarse la televisión, los niños jugaban a ser príncipes y caballeros que luchaban contra dragones y rescataban princesas. Pero había un niño que vivía en una pequeña aldea que no quería ser caballero. A Juan, que así se llamaba el niño, lo que le gustaría era convertirse en mago, y conocer todos los hechizos y encantamientos. Pero Juan no sabía como lograrlo.
Una noche, en mitad del sueño, se despertó, cuando una luz brillante se hizo en el dormitorio, donde dormía con sus otros seis hermanos. Nadie más se despertó, solo él. Vio allí, flotando en el aire, a un hada, rodeada de una aureola brillante.
- Juan, escúchame, porque tengo una misión para ti, y si la cumples podrás cumplir tu deseo.
- ¿Yo, por qué he tenido la suerte de ser elegido?
- Porque eres el más pequeño de siete hermanos varones, y todo el mundo sabe, que ese es el mejor requisito para convertirse en un gran mago.
- Dime, ¿cuál es mi misión?
- Quiero que vayas al castillo del Rey Oscuro, que está rodeado por una muralla, protegida por un gigante. Si logras pasar, algo que nadie ha conseguido en mucho tiempo, tendrás que bajar hasta las mazmorras, celosamente guardadas por el carcelero ciego. Si te atrapa, nunca más saldrás de allí. En una de las celdas se guardan dos objetos; uno es la varita mágica hecha de cuerno de unicornio, y el otro es el libro de hechizos del Rey Oscuro, uno de los grandes magos del mundo. La varita me la darás a mí, y me convertiré en la más poderosa de las hadas. El libro de hechizos será tuyo. Gracias a él te convertirás en el mago más grande de todos los tiempos.
- Pero lo que me pides es una locura. Todo el mundo sabe que es casi imposible entrar en el castillo, y nunca nadie consiguió salir con vida.
- Es verdad, pero yo te ayudaré, si me prometes traerme la varita mágica- le dijo el hada, y le dio a Juan tres objetos mágicos; una flauta, una piedra y un espejito.
- ¿Para que sirven exactamente?
- Seguro que lo descubrirás en su momento. Para ser un mago hay que ser inteligente y astuto, no basta con saber encantamientos. Ponte ahora en marcha, si caminas toda la noche, llegarás al amanecer al castillo.
Y un momento después, el hada, simplemente desapareció.
A oscuras, Juan se vistió y se metió los tres objetos mágicos en un bolsillo del pantalón. Cogió también su mochila, metió dentro algo de comer y beber, y en silencio, mientras todos dormían, salió de su casa.
No era posible perderse, porque todo el mundo sabía donde se encontraba el castillo del Rey Oscuro, en lo alto de una montaña, en lo más profundo del bosque.
Juan caminó hora tras hora, iluminado por la luna llena. Aquello le dio ánimos, porque la luna llena es siempre gran amiga de los magos, y él quería serlo. Cuando amanecía, llegó al bosque y un rato después llegó a la puerta de la muralla que rodeaba el castillo.
Con cuidado empujó la puerta, y se sorprendió de que estuviera abierta, pero la realidad es que todo el mundo tenía tanto miedo del Rey Oscuro, que no hacía falta cerrar las puertas.
Entró con sigilo, procurando no hacer nada de ruido y comenzó a caminar de puntillas, pero apenas había caminado un poco, cuando apareció el gigante, que en solo dos pasos se puso junto a Juan. Era grande como un elefante, y tenía una cara de gran cansancio, con grandes ojeras, como si no hubiese dormido en muchísimo tiempo. El Rey Oscuro, que era un mago poderoso, lo tenía hechizado, y no podía dormir nunca, por lo que siempre estaba cansado y aburrido.
- ¡Un intruso, jajaja!- dijo entre bostezo y bostezo, satisfecho de haberlo pillado- Te llevaré ante el Rey Oscuro, para que te encierre en las mazmorras para siempre.
Aterrado, Juan no sabía que hacer, así que metió la mano en el bolsillo y sacó lo primero que encontró, la flauta, y comenzó a hablar con rapidez.
- Gigante, tienes razón, pagaré cara mi insolencia por atreverme a entrar. Tengo que reconocer que has hecho bien tu trabajo capturándome. Déjame que te premie antes de que me entregues. Seguro que hace mucho que nadie te toca una canción. Así que te tocaré una.
El gigante, que no era muy listo, como era común a todos los gigantes, le escuchó confuso, y asintió con la cabeza.
Rápidamente Juan empezó tocar la flauta, primero una melodía alegre y divertida. El gigante saltaba contento al son de la música. Al rato, Juan empezó a tocar una canción lenta y hermosa, y el gigante se sentó para escucharla mejor. La música era cada vez más melosa y suave, como una canción de cuna, y el gigante empezó a bostezar con más fuerza. Sus ojos empezaron a cerrarse, y antes de darse cuenta, se calló de espaldas y se quedó dormido, con una cara de felicidad que hacía mucho tiempo que no tenía.
Juan rodeó al gigante, que roncaba muy fuerte, y fue hasta la puerta del castillo, que también estaba abierta. No se veía nadie, y rápidamente encontró unas escaleras que se adentraban en las profundidades. Esa tenía que ser la entrada a las mazmorras, sumidas en la más profunda oscuridad.
Bajó con miedo, porque no veía nada y el carcelero ciego estaba allí dentro. No había ni antorchas ni ningún otro tipo de luz, así que caminó tanteando las paredes, avanzado por pasillos y más pasillos, torciendo a la izquierda y la derecha. Se dio cuenta que las mazmorras eran como un laberinto donde era fácil perderse y no encontrar nunca la salida.
Llevaba un rato muy largo caminando a oscuras, sin saber que iba a hacer exactamente, cuando escuchó un ruido a su espalda, y antes de poder hacer nada, dos manos lo agarraron fuertemente.
- Vaya, vaya lo que tenemos aquí- dijo la voz del carcelero-, un intruso que ha sido capaz de llegar hasta las mazmorras. Pues no te preocupes, que nunca más saldrás de aquí.
Y antes de que pudiera hacer nada, el carcelero cogió a Juan, lo metió en una celda y cerró la puerta de barrotes con una llave. Luego se alejó y Juan se quedó solo, sin saber que hacer. Entonces se acordó que tenía más objetos en el bolsillo, así que metió la mano, y saco la piedra.
- ¿Para que servirá esto?- se pregunto, mientras se la pasa de una mano a otra. Comenzó a frotarla, y para su sorpresa, la piedra comenzó a brillar con una luz blanca. Ahora podía ver que estaba en una celda con muchos barrotes, y que enfrente había otra celda con la puerta abierta. El corazón se le aceleró, porque allí, en la otra celda, se veían encima de una mesa forrada de terciopelo rojo, los dos objetos que buscaba; una varita blanca y un libro grande y pesado. ¿Pero como iba a salir de su celda y cogerlos?
Empezó a gritar, llamando al carcelero, haciendo todo el ruido que podía, confiando en que cuando lo tuviera delante se le ocurriría algo. Al rato, vino este, huraño y molesto. Gracias a la luz de su piedra, Juan podía ver que los ojos del carcelero eran de color blanco entero, sin pupilas.
- ¡Calla de una vez!- dijo enfadado el carcelero-, o ahora mismo te llevo ante el Rey Oscuro, para que haga contigo un hechizo como hizo conmigo, ya que hace años que me quitó la vista.
- Debe ser duro vivir ciego- le dijo Juan- ¿Hay alguna forma de romper tu hechizo?
El carcelero puso cara de pena.
- Sí que es duro vivir ciego, siempre aquí abajo, hasta el punto que me conozco las mazmorras de memoria, sin necesidad de ver. Pero añoro ver la luz del sol, ver a mi familia que hace años tuve que dejar. ¿Sabes porqué me hechizó el Rey Oscuro? Porque quise ser mago cuando era joven y robar su libro de encantamientos. Y ahora que tengo el libro tan cerca, no lo puede leer, ese es mi castigo cruel. Pero ya que me preguntas, te diré que sí hay una manera de romper el hechizo, y es mirándome es un espejo. Por eso el Rey Oscuro no permite que haya ninguno en el castillo. Ya no deseo ser mago, solo quiero salir de aquí y volver con mi familia. Pero aunque quisiera irme, el gigante que nunca duerme me atraparía y me mataría. De todas maneras, creo que pronto moriré, porque ahora que te he atrapado, el Rey Oscuro se hechizará a ti, y tú serás el nuevo carcelero.
Juan empezó a pensar con rapidez todo lo que decía, buscando una solución.
- ¿Y si te dijera que yo puedo sacarte de aquí y devolverte la vista?
El carcelero negó con la cabeza.
- Eso es imposible.
-Haz una cosa entonces para creerme. Ve hasta la muralla y comprueba que el gigante duerme, porque yo lo hice dormir.
El carcelero dudó un momento, pero como no tenía nada que perder se fue. Al poco volvió, jadeando y nervioso.
- Debes ser un mago poderoso para hacer dormir al gigante. Me podría escapar ahora mismo y dejarte aquí, pero ciego no sabría volver hasta mi casa, porque me perdería en el bosque.
- Entonces te haré una oferta- le animó Juan-, si me dejas salir de la celda, yo te devolveré la vista. A cambio dejarás que me lleve la varita y el libro.
El carcelero se quedó pensativo, sopesando el miedo que sentía hacía el Rey Oscuro y la promesa de recuperar su vida anterior. La esperanza siempre es más fuerte que el temor, así que asintió.
- De acuerdo, me fiaré de ti- y mientras hablaba, le quitó el candado a la celda. En cuanto Juan se vio libre, fue a la celda de enfrente, y con rapidez cogió la varita y el libro y los metió en su mochila. Después metió la mano en el bolsillo, y sacó el tercer objeto que le había dado el hada.
- Eres un buen hombre- le dijo Juan-, y yo cumpliré mi promesa. Toma- y mientras hablaba le dio el espejo al carcelero. El hombre, con la mano temblorosa, se le acercó a la cara, como si se mirara, y al momento sus ojos se volvieron normales. El carcelero lloró de felicidad, al ver su rostro reflejado en el espejo después de tantos años de oscuridad.
- Vámonos rápido- dijo Juan-, antes de que el Rey Oscuro se de cuenta de lo que pasa.
Los dos corrieron y salieron del castillo, y pasaron por delante del gigante que seguía durmiendo feliz. Pero cuando llegaron a la puerta, un hombre viejo, de aspecto siniestro y con una corona les esperaba junto a la puerta de la muralla.
- ¡Alto, vosotros no vais a ninguna parte!- el Rey Oscuro le cortaba el paso- y vais a pagar muy caro vuestra osadía.
El Rey Oscuro movió las manos y lanzó un hechizo contra el gigante, que al momento se despertó y se puso de pié, molesto de interrumpir su dulce sueño.
- Ya te ajustaré a ti luego las cuentas- le dijo el rey-, pero ahora mata a estos dos que querían escapar y robarme.
El gigante se rascó la cabeza sin saber que hacer, pero acostumbrado a obedecer, al final cogió al carcelero y a Juan, cada uno en una de sus manos enormes.
- No nos mates, gigante- le gritó Juan-, y podrás dormir y descansar todo lo que quieras, para siempre.
El gigante se quedó otra vez pensando, algo a lo que no estaba muy acostumbrado, pero un momento después, levantó su pié y aplastó al Rey Oscuro como si fuera una cucaracha. Después dejó a Juan y al carcelero en el suelo.
Se produjo entonces una pequeña llamarada de luz y apareció el hada.
- Toma, aquí tienes lo que te prometí- y Juan le dio la varita blanca de unicornio.
- Lo has hecho muy bien Juan, y desde este momento ya eres un mago por derecho propio. Pero has de saber que el poder sin sabiduría no es nada, como le pasó al Rey Oscuro- mientras hablaba le tocó en la frente con la varita-. Yo te concedo la sabiduría para que con el libro de encantamientos de conviertas en el nuevo Rey del castillo. Procura hacerlo bien, para no acabar como el rey anterior.
Así lo hizo el nuevo Rey Juan, que fue siempre un mago justo y poderoso, ayudado por el antiguo carcelero, que se convirtió en su aprendiz, y el gigante que a partir de entonces se dedicó a recuperar todo el sueño que tenía atrasado.
Y colorín colorado, este cuento se a acabado.
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