Curso de Escritura Creativa. Coordinado e impartido por la escritora Teresa Suárez.
lunes, 30 de julio de 2012
Microrrelatos en El País
Utilizando la frase "Estuvo esperándolo todo el día", pero no al principio ni al final. He intentado dejar el enlace, pero no he sido capaz...
Os dejo la url...
http://cultura.elpais.com/cultura/2012/07/30/actualidad/1343632217_035444.html
sábado, 14 de julio de 2012
Mujer en la Ciudad sitiada
Las casas de una sola planta, alargadas como salamanquesas
blancas acostadas en la arena, unas encima de otras, retorciéndose con
curvaturas suaves tanto en las fachadas como en los tejados, formaban la zona
más exterior de la ciudad. Imaginó las calles que no podía ver desde su
posición. Ninguna recta, ni una sola esquina ortogonal. Cemento bajo los pies
de los habitantes, sin necesidad de aceras, no se veían carros ni coches en
aquellos barrios. No era capaz de distinguir los volúmenes que pertenecían a
cada vivienda. Parecían compartir zonas comunes. Dos ahora, tres más a la
derecha, incluso hasta diez o doce parecían confluir en un mismo volumen cuyo
tejado se elevaba ligeramente por encima del resto. Las pequeñas ventanas de las fachadas que veía
podrían ser así en todas las orientaciones o solo en aquellas que miraban al
sur. El barrio se hundía al alejarse de su vista. El terreno alcanzaba en unas
cinco o seis manzanas su punto más alto y después volvía a bajar, ocultándole
la anchura real de ese extraño cinturón urbano. Aparecían, asomándose desde la
parte baja de detrás, las ramas más altas de las copas de algunos árboles que
dejaban ver a su través, a lo lejos, edificios grises, de más altura, escondidos
detrás de una bruma que no había desparecido en los cuatro días que ya duraba
el sitio.
A aquella hora le era más sencillo estudiar la estructura
urbana. El calor mantenía a los habitantes dentro de sus frescas casas con lo que no le
distraían de lo realmente importante. Era fácil dejarse llevar por su
imaginación, desentrañando las vidas observadas desde lejos, sin que lo
supiesen. Apareció en su catalejo una mujer que andaba cargando con paquetes por una de
aquellas calles, desapareciendo tras las casas, volviendo a mostrarse en su
paseo al llegar a la altura de una calle que se alineaba con su punto de vista,
para volver a ponerse a salvo de su inopinado observador. ¿De dónde venía? ¿A
dónde se dirigía? ¿Qué había en el interior de aquellos paquetes?
La mujer caminaba con la cabeza alzada dejando ver un cuello
esbelto, con una curiosa expresión de sufrimiento y altivez. Caminaba paralela a la línea que
formaban las casa más altas. Paró, se rebuscó en su bolsillo y sacó un trozo de
papel doblado cuatro veces que desplegó. Lo sujetó con las dos manos a la
altura de su pecho y lo leyó. Sin mover los brazos levantó la vista y comenzó a
mirar encima de las puertas; seguro que busca un número, pensó. Volvió a mirar
hacia delante, guardó el papel, recogió los paquetes y continuó andando. La
siguiente vez que volvió a verla fue a través de una de las pequeñas ventanas
de las casas cercanas. Llamó su atención al abrirse, enfocó con su catalejo y
pudo distinguirla en la penumbra del interior. Ahora llevaba el pelo recogido
en la nuca. Se había despojado del guardapolvo que llevaba en la calle, se
refrescaba. Había llegado a una casa en la que se iba a quedar. Aquí hay una
historia. Eso era lo que pasaba por su cabeza cuando su lugarteniente lo sacó
de sus pensamientos.
-Señor. Han llegado órdenes del estado mayor.
Cogió una carta sellada que le ofrecía con el brazo
extendido. Aquello de la guerra no era para él.
“Diez días más de sitio. Defensas de la ciudad bien
organizadas en la zona norte. Calles ortogonales y edificios altos. Barrios muy
populosos. Industrias en aparente abandono al norte del río, a mano de nuestro
ejército. La ciudad está en la orilla sur.”
Se alegró.
Doblemente.
sábado, 7 de julio de 2012
Ciudades fantásticas (Las sietes ciudades de Cibola)
Las siete ciudades de Cibola
Daniel A. Sánchez-Rodas Navarro
El verano del año del Señor de 1539 parecía extremadamente caluroso y seco. Pero Fray Marcos de Niza pensó que en aquellas tierras norteñas del Virreinato de Nueva España, los veranos, en el fondo, siempre eran así.
Hacía ya más de dos meses que habían salido de Ciudad de México, en aquella expedición que prometía gloria y ganancias. Hacía varios días que habían dejado atrás el último puesto fronterizo y se adentraban en tierra desconocida, infestada de indios, en busca de aquellas ciudades de ensueño. Las siete ciudades de Cibola. El mero sonido de ese nombre, hacía pensar en riquezas sin fin. Allí en el norte tenían que estar, quien sabe a cuanta distancia todavía.
La realidad es que los días pasaban, los soldados se desesperaban, los enviados del Virrey se mostraban cautos y desconfiaban. Y de las ciudades de Cibola no se sabía nada.
Todo dependía de un solo hombre, Estebanico el Negro. El esclavo africano había participado años atrás con Alvar Nuñez Cabeza de Vaca en aquella triste expedición que naufragó en La Florida, desbaratada por el hambre y los ataques de los indios. Estebanico era uno de los pocos que había sobrevivido y había podido regresar a México para contar sus aventuras. Porque además de las enormes desgracias y penalidades sufridas, el esclavo también había contado historias maravillosas. Y gracias a una de ellas, toda una expedición de castellanos avanzaba ahora por el desierto inhóspito en busca de riquezas sin fin.
Fray Marcos guiaba la nueva expedición y Estebanico formaba parte de ella. Todos los días se adelantaba el africano a caballo con unos cuantos hombres para ir explorando el terreno e informar al grueso de las tropas. Pero las semanas pasaban, y solo había aquel desierto interminable de tierras rojas, de grandes cañones majestuosos, de paisajes bellos y terribles extendiéndose hasta el horizonte, que parecían no acabar nunca bajo un sol implacable.
Fray Marcos guiaba la nueva expedición y Estebanico formaba parte de ella. Todos los días se adelantaba el africano a caballo con unos cuantos hombres para ir explorando el terreno e informar al grueso de las tropas. Pero las semanas pasaban, y solo había aquel desierto interminable de tierras rojas, de grandes cañones majestuosos, de paisajes bellos y terribles extendiéndose hasta el horizonte, que parecían no acabar nunca bajo un sol implacable.
Día tras día preguntaba Fray Marco por las ciudades de Cibola, y siempre contestaba Estebanico con vaguedades, mostrando indicios poco claros, conversaciones incompletas con los indios que se encontraban por el camino y que decían que las ciudades estaban siempre más allá, siempre un poco más lejos.
Aquel día fue distinto a los demás. Los soldados se quejaban más de lo normal, había rumores de amotinarse. Fray Marcos notaba que estaba en una encrucijada. O llegaban ya a su destino, o tendrían que volverse con las manos vacías. Así que cuando llegó Estebanico al atardecer la conversación fue tensa.
- Estebanico, llevas días diciendo que casi hemos llegado, que son solo unas leguas más…- la voz del fraile era seca y dura.
El esclavo sonrió con esa cara pícara de todos los infieles.
- Y es cierto, ya casi hemos llegado.
- ¡No me hagas enfadar más, o te juro que te hago azotar hasta que digas las verdad! Ya no creo en esas historias maravillosas que te contaron los indios años atrás. Todo esto es una locura, y si no volvemos ahora, todo puede acabar en desastre. Incluso si volvemos, vivos, pero con las manos vacías, todo habrá sido en vano. Yo he empeñado mi honra y mi nombre en encontrar esas ciudades, y si vuelvo sin nada, caeré en el mayor de los descréditos. ¡Tengo que encontrar algo, lo que sea!
- Pero si es que ya hemos llegado, Fray Marcos- dijo Estebanico con naturalidad.
El fraile lo miró con desconfianza. Estos infieles, pensó, hijos de Satanás, eran capaces de cualquier cosa, de mentir sin sentir remordimientos. Sí, se les bautizaba, pero en la intimidad seguían adorando al falso dios de Mahoma. Sí por el fuera, habría que quemar a todos aquellos herejes encubiertos.
- ¿Hemos llegado?- dijo poco convencido.
- Si, padre- dijo Estebanico sin perder esa sonrisa extraña-, venid conmigo y veréis la primera de las siete ciudades de Cibola.
Los dos hombres partieron a caballo. Todavía quedaban un par de horas de luz. Cabalgaron en silencio, uno al lado del otro, hacia el este, por una llanura que iba ascendiendo lentamente, hasta formar un gran mirador. Cuando llegaron al borde del precipicio, el sol estaba a punto de ponerse. Ante ellos se extendía un gran cañon, y al otro lado, en la distancia, se intuía algo. Pero apenas podían escudriñar aquello que se suponía habían encontrado. Miraban de frente al sol, y todo estaba borroso porque sus rayos les daba de lleno en los ojos.
- Esa es la primera de las siete ciudades de Cíbola- dijo resueltamente Estebanico.
El fraile intentó mirar fijamente, pero la distancia que les separaba era enorme. Sí, parecía que allí había un poblado, pero a él no le parecía una gran ciudad llena de lujo.
- ¿Eso que se ve allí, seguro?- preguntó incrédulo.
- Si, padre, es allí.
- ¿Has estado dentro de la ciudad hoy?- preguntó ansioso.
- No, no he estado.
-¡Entonces como sabes que es la ciudad que buscamos!- gritó irritado Fray Marcos.
- Había soldados en la entrada de la ciudad y no me dejaron entrar. Es una ciudad muy bien guarnecida…
El monje miraba incrédulo. Su mente solo veía unas cuantas casuchas distantes, pero su imaginación quería ver mucho más. El sol bañaba de amarillo los tejados de las casas tan lejanas. ¿Eran amarillos por el reflejo de sol, o es que acaso estaban cubiertos de oro? Si, tenía que ser eso, todo estaba cubierto de oro…
- ¿Qué te dijeron los indios que guardaban la entrada?
- Me dijeron que la ciudad era riquísima, tanto que no sabían que hacer con el oro. De hecho, los ladrillos de las casas no son de barro, sino de oro, al igual que las tejas de los tejados.
El fraile asintió, ansioso. Sí, era oro, tenía que ser oro todo lo que veía.
- ¿Y que más te dijeron?
- Los guardianes me indicaron que las calles son rectas, pero que no están empedradas con cantos como en nuestras ciudades, sino con turquesas. Porque allí tienen tantas, que ya no saben que hacer con ellas. Los niños juegan con ellas, y los habitantes les encanta pisar ese suelo de color azul verdoso. Como no conocen el hierro, todos los utensilios de la ciudad son de plata, desde las lanzas de los indios que yo mismo he visto, como los cubos para sacar agua de los pozos o cualquier herramienta. Es además una ciudad muy hermosa al parecer, llena de fuentes de agua fresca por todas partes, que riegan jardines que florecen todo el año. En el centro de la ciudad está el palacio del rey, el edifico más magnífico de toda la ciudad. Sus muros de oro sólido tienen una vara de espesor, con un torreón en cada esquina. Brilla bajo el sol más que ninguna otra casa de toda la ciudad, porque los muros tiene engastados todo tipo de piedras preciosas; diamantes, esmeraldas, granates, lapislázuli, ágatas….Sus habitantes visten ropas de seda, y se ponen abalorios de conchas marinas, que para ellos son muy preciadas. Pero nunca joyas de oro o plata, tan abundantes que no los valoran y consideran indignos para adornarse con ellos.
El fraile asentía a todo lo que decía el esclavo negro. Sí, tenía que ser verdad. Las leyenda era cierta, y él era su descubridor. Su mente empezó a llenarse de la fama y la gloría que le esperaban.
- Mañana atacaremos y tomaremos la ciudad- dijo resueltamente.
- Pero, Fray Marcos, eso es imposible….
- ¿Por qué dices eso, insensato?- le amonestó el fraile.
- Porque he visto a sus soldados, y son muchísimo más numerosos que los nuestros. Si atacamos ahora lo más seguro es que muramos todos. Sería mejor volver a Ciudad de México, y regresar aquí con muchos más soldados. Pensad además que esta es solo la primera de las siete ciudades, y que según me han dicho los indios, las otras son todavía más grandes, poderosas y ricas. Lo más prudente sería volver.
El fraile se debatió en su interior. Quizás sus ojos le engañaban, y bajo el sol cegador de poniente no era capaz de ver en toda su plenitud todas las maravillas que decía Estebanico. Siempre que el esclavo dijera la verdad…,pero sí, tenía que ser verdad. Había que volver con más soldados, muchos más.
Fray Marcos cogió dos palos largos, e hizo una cruz con ellos atándolos con una cuerda. La puso en el suelo y la afianzó colocándole piedras alrededor. Luego con voz solemne dijo:
- Tomo posesión de estas tierras, con todas las ciudades y riquezas que contienen, para mayor gloria de Dios, en nombre de Su Católica Majestad Carlos I de España.
Después se montó a caballo, eufórico, dispuesto a volver cuanto antes a Ciudad de México a contarle al Virrey la gran noticia.
Con el sol ya puesto, Estebanico le siguió todo el camino de vuelta al campamento sin decir nada más. Su sonrisa era de una profunda satisfacción, y más irónica que nunca.
viernes, 22 de junio de 2012
Victoria (inicio de un pequeño libro de anécdotas de fútbol)
Muchos años después, mientras recorría el campo de fútbol para tratar de rematar aquel saque de esquina, Juan Carlos no era consciente de que llevaba detrás a centenares de personas, espíritus del tiempo que se agolpaban en ese preciso instante junto a él para, al fin, ver cómo La Victoria visitaba su pueblo.
El balón voló desde el córner buscando al único atacante entre los seis contrarios que poblaban el área. Dos pasos, el último para tomar impulso y elevarse; marcar los tiempos en el aire y, con la oposición del guardameta, golpear el balón con la cabeza, con violencia, en el mismo instante en que el cuerpo ha terminado de subir y aún no ha comenzado a bajar. No lo sabía, pero lo aguantaban en el aire las almas salvajes de todos los que en algún momento habían roto zapatos o jugado descalzos en las calles de aquel diminuto pueblo. De los que habían sentido lo especial de jugar mientras la banda de la feria tocaba al borde del terreno de juego. De los que habían esperado con ansias de niños el balón que traía el primo desde Madrid o Barcelona. De los que se habían montado en sus coches como un grupo de amigos y recorrido inmundas carreteras para jugar partidos con equipos de otros pueblos. De todos aquellos salvajes llenos de sentimientos que esperaron a sus colores hasta aquél día.
La Victoria los abrazó y durmieron toda la noche con ella.
Así comienza un proyecto que llevo algún tiempo haciendo. Para recoger anécdotas y entrevistas de las glorias deportivas de un pequeño pueblo de 600 habitantes). Si algún día lo termino os lo hago saber.
Así comienza un proyecto que llevo algún tiempo haciendo. Para recoger anécdotas y entrevistas de las glorias deportivas de un pequeño pueblo de 600 habitantes). Si algún día lo termino os lo hago saber.
martes, 19 de junio de 2012
Una pequeña flor
La guerra había pasado dejando su
rastro. Con ella las nubes negras, el polvo, los gritos de vencedores
y vencidos.
La sangre se fundía con el metal y el
aire de olor a muerte.
Casas destruidas, familias que se
protegen o luchan por unos ideales de un bando u otro. La venganza,
el pillaje, lo peor de cada uno salió a la luz a cubrir todo de
tinieblas.
No había sido la peor guerra del reino
ni la mas cruenta, tristemente había sido una más por una afrenta
olvidada del pasado, que nadie había perdonado aún.
Tras la batalla que daba desolación,
pero si mirabas bien todavía quedaba en pie una flor en tierra,medio
pisoteada, de pétalos caídos pensativa hacia el suelo.
Aunque un aun levantaba la mirada al
soplar la brisa y lloraba por sus raíces al contemplar lo que le
rodeaba, ya no había ríos, ni pastos , ni animales, ni siquiera sus
amadas amigas. La margarita, la amapola , la ortiga, el
roble...tantas bajas.
Intentó reponerse como pudo, pidió
ayuda pero no para ella, (muda y silenciosa para los oídos humanos).
Pidió, gritó, rogó y sufrió cada aleteo que hizo (pues así se
comunicaban las plantas entonces cuando no podían unir sus raíces)
Nada. La nada de un mundo que ya no era
el suyo.
Un tímido rayo de luz tras la ultima
escaramuza, cuando ya no había soldados disparando, ni pisadas
mortales o rugidos de fuego. Un tenue y cálido rayo de luz cayo
sobre ella.
Le dolió, apenas tenia sustento del
suelo enfermo de metal, sangre y pólvora, el aire viciado y la luz
minúscula.
Hizo lo que había hecho siempre, se
encogió, pensó en como era todo, en la primavera, encada río,
lago, valle y flor. Animales y pueblos.
Levantó sus pétalos con un esfuerzo
titánico, extendió aun mas profundas sus raíces buscando pureza de
aguas.
No fue enseguida, ni rápido,ni fácil.
Pero fue creciendo, se hizo mas
ancha,mas verde y empezó a mejorar su color cetrino, se le cayeron
unos pétalos y le salieron otros.
Se extendió por el prado por cada
oquedad que puedo con sus raíces, y les dio agua, nutrientes y
esperanzas. Les dio sus recuerdos, de días mejores , de
primaveras,soles nacientes y ponientes, donde los enamorados
escribían con navajas los arboles prometiendo amor eterno, y donde
cada bichito hacia su nido en la oquedad de cada árbol o una oveja
te mordisqueaba una mañana.
El terreno fue cambiando, pasó de
otoño a primavera. La planta murió , les había dado todo lo que
tenia a las semillas que había encontrado bajo tierra, aun tiernas y
maduras, pero estas a sus vez les dieron agua, nutrientes y recuerdos
de su amor a las otras. La cadena de la vida se hizo mas fuerte con
cada raíz, el clímax se fue alcanzando, y pese a las hondonadas, y
el dolor de tanta perdida, llegó a ver un bosque.
Era grande bello, frondoso y colorido,
color verano, verdes claros y oscuros ondeaban en cada rama, frutas
rojas y verdes. Moras y cerezas, tallos y yemas en las ramas.
Y cuenta la leyenda que fue en este
bosque, donde con el paso de los años de paz, tú y yo nos
conocimos, dimos largos paseos, se juntaron nuestras manos y bueno,
trajimos también a nuestros niños y a sus nietos.
Y a cada uno de nosotros nos fascinó
una pequeña parte del bosque donde había una pequeña flor
incorrupta protegida por cactus, matojos y demás floresta.
Aquella que nos dio su amor a todos,
que era la más colorida y visitada, la que nos dio paz con sus
recuerdos y nos hizo olvidar los que fueron malos.
Una pequeña flor.
viernes, 15 de junio de 2012
AQUILA
I
Cuenta la leyenda que una orgullosa princesa águila, que siempre rechazaba con desdén a sus pretendientes, un día se enamoró. Pero decidió jugar también con el amor de su enamorado, y le puso una condición para aceptarlo: que le regalara una estrella.
II
Se levantó una tormenta de arena. La tierra se alzaba contra el cielo en un intento de escalada, apoyada por el viento traidor. Núnibe, el joven águila, que por un momento pensó "no me alcanzará", sintió el miedo recorrer su cuerpo, frágil ante el azote del temporal.
Pensó en su padre. "Te lo dije", diría. No debía haberse adentrado en el desierto. No debía haberse separado de su grupo. Llevaba seis días perdido y cansado, soportando impasible los fuertes cambios de temperatura. Y aún no se había topado con un oasis. Se alimentaba de reptiles e insectos. Y creía estar dando vueltas sobre sí mismo. Sobre su propia vida.
Indomable, Núnibe, luchó contra la tormenta. No había refugio posible. Por un momento imaginó que moriría enterrado, que nadie lo encontraría, que todo su esfuerzo no habría servido, que Másine no sabría que la amaba. Núnibe le había prometido una estrella, que lo hiciera digno de una princesa. Y voló y voló siguiendo las indicaciones de los sabios: "Siete lunas sobre el desierto te llevarán ante el escorpión azul, él te entregará un ramillete de estrellas, símbolo de tu amor".
Llevado por mantos de arenas fue observando la llegada de la nueva luna. En ella, logró distinguir por vez primera una mancha azul con forma de escorpión radiante. Intentaba zafarse de las garras del viento que lo arrastraba, cuando escuchó un susurro penetrante que le decía: "Osado Núnibe, que has traspasado las fronteras del desierto y no has sucumbido, llevado por el amor a una princesa. Te entregaré a ella como ella quiso: un ramillete de estrellas".
III
Y cuenta la leyenda que desde aquel día surgió una esplendorosa e inalcanzable constelación en los cielos, llamada Aquila, al occidente del Pegaso y al sur del Cisne, símbolo del amor entre Núnibe y Másine, y como señal para aquel que ose jugar con un amor verdadero.
Cuenta la leyenda que una orgullosa princesa águila, que siempre rechazaba con desdén a sus pretendientes, un día se enamoró. Pero decidió jugar también con el amor de su enamorado, y le puso una condición para aceptarlo: que le regalara una estrella.
II
Se levantó una tormenta de arena. La tierra se alzaba contra el cielo en un intento de escalada, apoyada por el viento traidor. Núnibe, el joven águila, que por un momento pensó "no me alcanzará", sintió el miedo recorrer su cuerpo, frágil ante el azote del temporal.
Pensó en su padre. "Te lo dije", diría. No debía haberse adentrado en el desierto. No debía haberse separado de su grupo. Llevaba seis días perdido y cansado, soportando impasible los fuertes cambios de temperatura. Y aún no se había topado con un oasis. Se alimentaba de reptiles e insectos. Y creía estar dando vueltas sobre sí mismo. Sobre su propia vida.
Indomable, Núnibe, luchó contra la tormenta. No había refugio posible. Por un momento imaginó que moriría enterrado, que nadie lo encontraría, que todo su esfuerzo no habría servido, que Másine no sabría que la amaba. Núnibe le había prometido una estrella, que lo hiciera digno de una princesa. Y voló y voló siguiendo las indicaciones de los sabios: "Siete lunas sobre el desierto te llevarán ante el escorpión azul, él te entregará un ramillete de estrellas, símbolo de tu amor".
Llevado por mantos de arenas fue observando la llegada de la nueva luna. En ella, logró distinguir por vez primera una mancha azul con forma de escorpión radiante. Intentaba zafarse de las garras del viento que lo arrastraba, cuando escuchó un susurro penetrante que le decía: "Osado Núnibe, que has traspasado las fronteras del desierto y no has sucumbido, llevado por el amor a una princesa. Te entregaré a ella como ella quiso: un ramillete de estrellas".
III
Y cuenta la leyenda que desde aquel día surgió una esplendorosa e inalcanzable constelación en los cielos, llamada Aquila, al occidente del Pegaso y al sur del Cisne, símbolo del amor entre Núnibe y Másine, y como señal para aquel que ose jugar con un amor verdadero.
jueves, 14 de junio de 2012
RECETA PARA UN PERRO MUDO
Aquel perro triste vagaba escuálido por las calles. Siempre temeroso. Se acercaba lentamente a las mesas de la terraza del bar, a medida que iban quedando vacías. El olor a choco frito, a carne a la plancha, la humareda, lo atraía. A mí ya no me tenía miedo. Cuando el dueño se metía en la cocina, yo le ponía algo en el suelo, las sobras. A veces, cuando estábamos cerrando, lo sentía antes de verlo. Su presencia silenciosa, humilde y complaciente, su espera, con su olor a perro triste, abandonado y noble. Ma cayó bien. Me acompañaba. A veces me seguía hasta casa y yo le decía que no podía entrar. Me acariciaba las piernas con el morro, con su pelo duro de perro callejero, y sentía la humedad de su lánguido beso, donde adivinaba una sonrisa de agradecimiento.
Pero no ladraba, no se le oía. Yo le imaginaba un vozarrón ronco de perro viejo, de abuelo. Pero no ladraba. Quizás tuviera miedo. Demasiadas voces y ruidos, mentiras, heridas y duelos. Y yo le imaginaba una voz ronca, de abuelo. Un abuelo silenciado, abandonado, recluido y viejo. Un abuelo muerto. Aquel perro tenía miedo.
Durante unas semanas pensé en él y lo llevé al veterinario. "El perro está sano, será muy perro". Decidí llevarlo a casa, lavarlo, pelarlo, quererlo, que fuera mi perro. Y me acompañó su silencio.
Pasaron días. Me preguntaron por mi nuevo chucho; les dije que no era un chucho, que era mi perro. Me preguntaron cómo se llamaba. No lo sabía, no lo había pensado.
En casa hablé con él. Lo llamé "Terco", por no hablar, por seguirme, conseguirme, acompañarme... Lo llamé "Terco". Y entre sus duros colmillos me acarició un suspiro, gemido, ladrido o simple sonido como de una voz ronca, vieja, de abuelo.
Pero no ladraba, no se le oía. Yo le imaginaba un vozarrón ronco de perro viejo, de abuelo. Pero no ladraba. Quizás tuviera miedo. Demasiadas voces y ruidos, mentiras, heridas y duelos. Y yo le imaginaba una voz ronca, de abuelo. Un abuelo silenciado, abandonado, recluido y viejo. Un abuelo muerto. Aquel perro tenía miedo.
Durante unas semanas pensé en él y lo llevé al veterinario. "El perro está sano, será muy perro". Decidí llevarlo a casa, lavarlo, pelarlo, quererlo, que fuera mi perro. Y me acompañó su silencio.
Pasaron días. Me preguntaron por mi nuevo chucho; les dije que no era un chucho, que era mi perro. Me preguntaron cómo se llamaba. No lo sabía, no lo había pensado.
En casa hablé con él. Lo llamé "Terco", por no hablar, por seguirme, conseguirme, acompañarme... Lo llamé "Terco". Y entre sus duros colmillos me acarició un suspiro, gemido, ladrido o simple sonido como de una voz ronca, vieja, de abuelo.
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